¿Qué es la conciencia? Por Félix de Azúa

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Por conciencia, distinguiría dos cosas. La conciencia moral es simplemente la moral. Y entonces, la palabra conciencia puede salir ahí en un momento de despiste, pero la moral es la moral y se puede llamar conciencia moral en el sentido de que eres consciente de tu moralidad. Pero por conciencia yo entiendo simplemente el conocimiento de la muerte. Llamaría conciencia estrictamente a esa posibilidad que tiene un punto, una minúscula parte del cosmos, que tiene conciencia de su propia desaparición, a lo que llama muerte y que no la identifica con la aniquilación. Un gato se muere y los pelos van a parar a la queratina, gran parte del cuerpo es carbono, hidrógeno, oxígeno, y desparece. Se aniquila. Allí donde hay conciencia, aparece esa idea rarísima: que no, que la muerte no es una aniquilación. Y por lo tanto, desde el hombre de las cavernas, se reserva el cadáver. Se guarda el muerto. Se le entierra. Como hay conciencia de muerte, a partir de ese momento hay conciencia de inmortalidad. Desgraciadamente lo uno lleva a lo otro, es imposible que lo uno no traiga lo otro. De ahí surge todo ese constructo del que hablábamos antes, el constructo del sentido. Pero es verdad que sólo los humanos tenemos conciencia de muerte. No hay absolutamente nada más en el cosmos que la tenga. Eso ¿qué es? Después de 30 años de leer a los filósofos no lo sé. Creo que nadie lo sabe. Los filósofos más arriesgados, lo que dicen es que no hace falta saberlo. Por ejemplo, buena parte de la escuela inglesa, toda la descendencia de Wittgenstein, señala que el problema no es el qué sino el cómo, el dónde. Ocupémonos de cuestiones lingüísticas, pero qué sea la conciencia no es una pregunta filosófica, es una pregunta de otro orden y por lo tanto no debemos plantearlo. No puede ser jamás científica esa pregunta. Y es posible que sea una pregunta que nos determina como esa especie rara que somos los humanos y que simultáneamente nos haya llevado a donde nos ha llevado, es decir, que en cierto modo todo sea el puro efecto de esa cuestión. Y entonces puede aparecer Freud y decir, ¡Uy, ahora se lo explico yo enseguida, mire: esto es el producto de…” Y entonces te da un esquema técnico, compuesto por nociones, que se supone que son los constructores de la conciencia. Claro, es muy seductor, pero finalmente vuelve a ser un amasijo de palabras que se sostienen entre sí por su credibilidad, es decir, por su capacidad y que puedes tomarlas o dejarlas. No hay mucha diferencia con las proposiciones hegelianas que son la misma armazón lingüística que conducen directamente a la inmortalidad. Hegel lo que finalmente promete es la inmortalidad. No exactamente la inmortalidad sino la superación de la idea de muerte. Freud a su manera viene a hacer lo mismo. Resumiendo: por una parte yo llamaría conciencia estrictamente a ese problema, al problema de la invención de la muerte y la inmortalidad y luego a todas las consecuencias que ello trae consigo.

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