El error del testículo

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TesticlesEvolución es la última obra del etólogo británico Richard Dawkins, bien conocido por títulos como El gen egoísta o El relojero ciego y convertido en un autor de best sellers con su penúltimo libro: El espejismo de Dios. El que ahora llega a las librerías es un texto con doble objetivo: divulgar la validez de la evolución defendida en este caso como un hecho, para salvar la ambigüedad de la palabra “teoría”, y servir de argumentario frente a los creacionistas radicales e incluso frente a los defensores del diseño inteligente. Empieza con una simulación que muestra claramente lo jocosos que resultarían los creacionistas si no tuvieran detrás poderes más que evolucionados. Para ello imagina un profesor de lengua y cultura latina a quien los alumnos cuestionan que lo que él enseña responda a una verdad histórica. En realidad, le dicen, el mundo se creó hace un rato y la tesis de que César existió no pasa de ser una opinión suya, tan válida o inválida como cualquier otra. Combatir esa ignorancia sería dura tarea. Pues es la que deben afrontar, recuerda Dawkins, algunos profesores de biología. En páginas posteriores, señalará algunos diseños que poco o nada tienen de inteligentes. Uno de ellos, la conexión de los testículos con el pene (véase el gráfico tomado del propio Dawkins), pero hay más. La explicación es más etiológica que de diseño, apunta, seguramente en vano para sus enemigos.

Hay un apéndice en el que muestra los resultados de algunas encuestas sobre el conocimiento respecto a la evolución. España queda medio bien: el 73% cree en la evolución. En Turquía sólo lo hace el 27% y en la católica Polonia, el 59%.

Dawkins ha escrito este libro en parte porque es un optimista que cree en la argumentación científica y en parte porque, probablemente, se halla aterrado por el auge del creacionismo. Lo más llamativo es que las críticas a la evolución como “mera teoría” se han alimentado de las críticas al cientificismo nacidas en el seno de cierta izquierda, con Paul Feyerabend a la cabeza. El objetivo de Feyerabend era loable; su uso por el fanatismo religioso -capaz, como muestra Dawkins, de negar lo evidente- ha resultado escandaloso. Apenas cabe recordar que Bertrand Russell ya llamó la atención ante algunos comportamientos humanos y sostuvo que ha hecho falta más tinta para convencer a las mujeres del parto sin dolor de la que hubiera hecho para lo contrario. Y es que, como decía Manuel Vázquez Montalbán, si no fuera por los progresistas, los conservadores aún irían con un aro en la nariz. Por cierto, hay quien lo lleva por pretendido progresismo.

Richard Dawkins. Evolución. El mayor espectáculo sobre la tierra. Traducción de Jesús Fabregat. Espasa. Madrid, 2010. 430 páginas.

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