¿Qué es el humor? Por Eduardo Angulo

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Nos reímos por muchas cosas, incluso por algunas que no tienen ninguna gracia. Ya con esta primera frase hemos planteado varias de las cuestiones importantes a tratar si hablamos de la risa: hay más de una risa, y debemos buscar la más primaria si queremos entender qué es este curioso ruido que emitimos de vez en cuando; y, en segundo lugar, reímos, aunque no siempre, cuando algo nos hace gracia, o sea, que la risa y el sentido del humor están relacionados de alguna manera.

Vayamos a la risa. Primero, vamos a averiguar si somos la única especie que ríe. Si alguna otra especie lo hace, debemos buscarla entre los grandes monos, nuestros parientes más cercanos. Si se les hacen cosquillas, chimpancés, orangutanes y gorilas emiten sonidos (quién no recuerda las carcajadas de Chita en las películas de Tarzán) que, por medio de sofisticados estudios acústicos, se demuestra que son similares a nuestra risa y que, además, existe una relación filogenética entre todas ellas, incluida la de nuestra especie.

Por tanto, no somos los únicos que reímos. Quizá delimitando cuándo y por qué ríen los grandes monos, podamos plantear alguna hipótesis sobre su eficacia y utilidad desde el punto de vista evolutivo. Está claro que algunos inconvenientes tiene la risa: distrae de objetivos importantes y es un ruido escandaloso que atrae depredadores. Sin embargo, si todas estas especies ríen, debe tener alguna ventaja: transmite emociones positivas, es contagiosa y crea vínculos sociales profundos dentro del grupo, y libera del estrés ayudando al descanso y la relajación en los escasos momentos seguros y sin hambre que se dan en la azarosa vida de los simios.

Esta sería la risa más antigua, la risa básica. Después, nuestra especie ha utilizado la risa, casi inconscientemente, para tranquilizar a nuestros semejantes con risas y sonrisas en nuestro trato cotidiano. O, también, hemos inventado lo que a veces se llama “el lado oscuro” de la risa con el humor negro y nos reímos de “gracias” que no nos hacen ninguna gracia. En definitiva, que en nuestra especie no se conoce cultura sin risa aunque, a nivel individual, la variedad de comportamientos sea inmensa y todos conozcamos a personas que ríen más bien poco.

Es evidente la relación entre la risa y el humor y, por cierto, tampoco se conocen culturas sin sentido del humor. Parece que el contenido esencial del proceso humorístico es la sorpresa, lo inesperado, la incongruencia, lo inverosímil, la incorrección,… Saber el origen del humor y sus ventajas evolutivas son cuestiones muy controvertidas. En general, si la risa es beneficiosa y el humor provoca la risa, las ventajas de una son también las del otro. Por otra parte, el componente sorprendente del humor que hemos comentado, al provocar relaciones inesperadas, es un acicate esencial de la creatividad y, por tanto y a pesar de lo serios que nos pongamos al tratar estos asuntos, de las novedades en arte, tecnología, ciencia o, simplemente, modo de vivir. Creo que el humor y la cultura son, o deben ser, inseparables. Por ejemplo, el sentido del humor en el macho de nuestra especie, es decir, en el hombre, se ha revelado un componente importante en la búsqueda de la pareja, en el sexo y en el consiguiente éxito reproductivo.

Volvamos al humor y a su enigmático origen. Seguramente en su origen ese elemento sorpresa típico jugará un papel esencial. No se me ocurre mejor manera de explicar el origen sorprendente del humor que contando una historia, más bien un cuento. Supongamos un antiguo (hace algo así como dos millones de años) grupo de antepasados, todavía entre mono y Homo. Están descansando, tumbados en la hierba de la sabana, hace calor, han comido bien y están relajados, pero siempre alguno de ellos vigila los alrededores por si acaso. El guardián entre la hierba cree ver un león (o su equivalente depredador en aquella época y lugar) y lanza su grito de alarma. Todos despiertan, pegan un salto y se preparan para huir. Entonces, el guardián se da cuenta de que no hay león, se ha equivocado, quizá el movimiento de las hierbas con la suave brisa le ha confundido. Para tranquilizar a la tropa, lanza una carcajada, todos ríen, se tranquilizan y reanudan el descanso y la siesta.

Quizá pasan unos miles de años. En una situación parecida, el guardián también se duerme, y sueña que se acerca un león; sin darse cuenta, emite el grito de alarma, todos despiertan sobresaltados y él también, y, de nuevo para calmar al grupo, lanza la carcajada y piensa, puede ser, que menudo gilipollas está hecho.

Y pasan otros miles de años. Y el guardián, que los ve tan tranquilos echando la siesta entre la mullida hierba, se dice que menuda faena les va a hacer y, sin más, sin león ni peligro a la vista, lanza el grito de alarma. Todos despiertan y, de seguido, el guardián se ríe a carcajadas, no sólo para calmarlos sino también para burlarse de ellos por el susto que les ha dado. Todos ríen, pues la risa es contagiosa, se calman y vuelta a la siesta. Y el guardián no es consciente de que ha “inventado” el humor.

Se preguntan si ocurrió así. Les digo que no lo sé, pero podría haber sido.

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