La muerte – por Andrés Moya

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¿Respecto a la muerte?

Primero hay una cuestión y es que la vida es muy pertinaz. Desde el punto de vista de la autoconciencia personal, se genera el conflicto porque uno es consciente de su propia limitación, en el sentido en que, tarde o temprano, uno desaparece. Bueno, yo, como ser finito, desparezco, pero mi herencia se puede mantener, porque dejo descendientes. Si uno pensase en los genes como esos pequeños demonios que lo controlan todo, entonces, ellos se lo han montado bien porque se mantienen: no mueren nunca. En esa perspectiva, hay una cierta inmortalidad de estos entes. Es verdad que no han existido siempre, han aparecido hace tres mil y pico millones de años. La vida también ha aparecido. ¿Puede desaparecer? Se puede hablar sobre vida y muerte, haciendo una reflexión sobre la vida en general. Puede hablar sobre vida y muerte, hablando de esos productos tan finos de la evolución que son los genes. Y uno puede hablar de vida y muerte hablando de sí mismo y de la autoconciencia de que como ser físico va a desparecer en determinado momento. Y aunque no deje descendientes, sus genes están ahí porque ese ser procede de unos padres y hay ramificaciones, de modo que los genes están por ahí. Existen. Desde la perspectiva de la evolución, somos un producto un tanto genuino en el sentido en que desarrollamos una autoconciencia y sabemos que tenemos unas limitaciones físicas. Nuestra edad reproductiva es adecuada en determinados momentos, podemos ejercer o no la capacidad de reproducirnos, y sabemos que, pasado un determinado periodo, vamos a desaparecer. Esto en la perspectiva a la que me refería anteriormente, la del ateísmo. Pero desde el punto de vista de lo pertinaz que es la vida o lo pertinaces que son los genes, uno puede hablar de cierta inmortalidad. Es para pensarlo. En el próximo libro reflexiona sobre nuestra capacidad de autointervenirnos. La autointervención está a la orden del día: todo el mundo habla de prolongarnos la vida. De que mejoren las condiciones sociosanitarias o la capacidad de intervenirnos genéticamente, de modo que nuestra individualidad pueda pervivir mucho más tiempo. ¿Podemos reflexionar sobre una cierta inmortalidad, como lo hecho antes, de la vida y de los genes, pero ahora de nosotros mismo? No sé si nos conviene, la verdad, pero cabe la reflexión. La esperanza media de vida en las sociedades occidentales está aumentando de una manera dramática. La especie humana, cuando se origina, tiene una vida media de 25 años. Ahora es de entre 75 y 80. La esperanza de vida se incrementa. Sin llevar a cabo tareas de intervención como las que he comentado y que empiezan a vislumbrarse. ¿Hasta donde podemos llegar? Aquí empezamos con ejercicios de ciencia ficción. Imaginemos: ¿se podrá reproducir un ser a partir de células, se podrán llevar a cabo trasplantes de cerebro? Y la entidad trasplantada ¿qué será? Porque se puede trasplantar a un engendro mecánico, en el sentido de físico, hecho de materiales no necesariamente biológicos, como una especie de robot. Un cibor. Hay una cierta ciencia ficción en esto, pero no tanto. Hace 15 años, nadie podía imaginar que Internet pudiera emerger y tener las características actuales. ¿Podemos ir contra la muerte del individuo? Técnicamente, podemos ir progresivamente. Podemos pensar en la posibilidad de liberarnos de ella. Podemos pensarlo. No nos toca históricamente. Sería una ejercicio de intervención suprema sobre nosotros mismos, en los tiempos que tengan que venir.

Eso ¿implicaría replicar conciencia y memoria?

Un trasplante de esta naturaleza… si hablo de que el espíritu es la interacción de la materia, es verdad que hay un cierto contexto de interacción con el entorno y que los individuos tienen una singularidad absoluta. No hay dos individuos, por muy parecidos que sean, genéticamente idénticos. Sus experiencias vitales y de desarrollo son de tal naturaleza que llegan a tener conciencias distintas. Ahora, como hacía Einstein, imaginemos esos experimentos hipotéticos que nunca se podrán realizar. ¿Qué pasaría si se pudiera trasplantar un cerebro? ¿Qué sería ese nuevo ser? Porque ¿ qué se traslada con él¿ Todas las operaciones mentales complejas están en la caja que tenemos ahí dentro. Yo veo la conciencia como algo, una especie de emergencia permanente, como consecuencia de una interacción extraordinariamente compleja que se da en los procesos cerebrales. Se ha comentado muchas veces si será factible o no el trasplante del propio cerebro a un medio físico. Tengo dudas de si será factible. Probablemente necesitemos conocer mucho más la biología del cerebro, de las células para decir si vamos a poder llevar a cabo este tipo de experimento. Los tiempos van a transformarse de manera tal que cosas así pueden llegar.

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