Entrevista a Andrés Moya

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Afirma usted en su último libro que el científico es un ser propenso a la melancolía.

Estamos acostumbrados a pensar en el componente optimista o positivo que va asociado al descubrimiento científico. Esa versión del científico positivo al que genera felicidad el descubrimiento concreto es una realidad. Pero cuando uno pone en situación lo que significa el descubrimiento en ciencia, el desvelamiento de las leyes de la naturaleza, se da cuenta, es una reflexión personal, de que en cierto modo la capacidad de inteligir todo, precisamente recurriendo a la ciencia, lleva a determinados científicos que ejercen pensamiento profundo (la gran mayoría son personas que realizan su profesión sin una reflexión profunda sobre el alcance de su trabajo) a darnos cuentas de que probablemente estamos solos. Probablemente. Iba a decir único, pero tampoco tengo garantías, aunque las probabilidades de contacto con otros seres inteligentes es relativamente limitada. Pueden existir y eso abunda en la idea de la melancolía. Durante buena parte del tiempo en que estuve escribiendo este libro, tenía la percepción de que la ciencia nos aboca a la melancolía, porque no sabemos exactamente las razones que nos llevan a saber por qué estamos aquí. Somos un producto más o menos contingente de las leyes de la naturaleza. Igual que estamos podríamos no estar. Sobre esto hay una amplia discusión. De hecho es motivo de un segundo libro que saldrá a finales de 2011, lo he titulado Naturaleza y futuro del hombre, y ahí abundo en hacia dónde vamos. En Pensar desde la ciencia planteaba dónde nos encontramos y en el siguiente hacia donde podemos caminar. Siempre con la ciencia como elemento nuclear. Probablemente nuestro futuro depende de nuestra capacidad para modificar la naturaleza y, por lo tanto, de la ciencia. En esto soy un ferviente defensor de la ciencia: no creo que tengamos futuro si no hay ciencia por medio.

Supone esto la idea de progreso.

No tengo una idea formada, aunque por lo que voy a decir parezca que afirmo que hay un cierto progreso en la dinámica de nuestra propia especie, en la dinámica de la propia evolución biológica. Seamos o no un producto contingente de la naturaleza, y estimo que lo somos. A mis estudiantes les hago esta reflexión: si los dinosaurios no se hubiesen extinguido hoy estaría el planeta poblado por dinosaurios inteligentes ¿Cómo hubiera podido ser el futuro en caso de que un cataclismo no los hubiera hecho desparecer? No hay que excluir a priori que aquellos seres no hubieran podido evolucionar a formas inteligentes. Se extinguieron y coexistían con ellos unas musarañas, unos pequeños mamíferos que pudieron sobrevivir y se produjo la evolución rapidísima, en pocos millones de años de esos mamíferos. Nosotros somos un producto de esa evolución. No diré que haya ahí un progreso intrínseco, pero uno se da cuenta de que en la dinámica de la evolución los seres se van haciendo más complejos. ¿Es eso progreso? Otro asunto es si nos centramos en el progreso de nuestra propia especie. Nuestra especie se caracteriza por cierta capacidad, al principio poco inteligente, de intervenir en la naturaleza. Y esa capacidad es cada vez más inteligente. Somos interventores natos sobre todo lo que nos rodea. En cierto modo somos una especie que toma decisiones sobre la base de un juego de posibilidades de futuro. Sobre una base de opciones, esto tiene relación con la noción de libertad. Volviendo la idea de progreso: nuestra especie ha intervenido, está interviniendo progresivamente en la naturaleza, con efectos que han sido intrascendentes mientras hemos sido poco abundantes. Ahora somos muy abundantes y los efectos son más dramáticos. Muchos son negativos, pero otros muchos no lo son. Yo hago un canto de esperanza a la capacidad de intervenir inteligentemente en la naturaleza y, por lo tanto, en nosotros mismos. Recientemente ha salido un texto de que habla de estas mismas cosas. ¿Cuál es el futuro de la humanidad? Está en nuestras propias manos. La capacidad de intervenir con inteligencia en la naturaleza es creciente. Hasta ahora hemos ido transformando el mundo con más o menos inteligencia, pero no nos queda más remedio que aplicar más si no queremos desaparecer del planeta. En el fondo es llevar la intervención a sus máximas consecuencias. Esto puede suponer un choque frontal con grupos o movimientos ecologistas que hablan de preservar los espacios naturales, de una naturaleza primigenia y del hombre como un elemento que ha estado degradando el planeta. Pero me da impresión de que, aunque haya habido consecuencias y promovido una cierta degradación, no nos queda más remedio que intervenir porque en una intervención inteligente está la base de nuestra propia preservación. Soy incapaz de predecir cómo será nuestra especie dentro del 100 o 150 años, no lo puedo ni imaginar, precisamente por la capacidad de intervención que vamos a tener. En Genética, que es a lo que me dedico, hay nuevas disciplinas, nuevas materias, la biología sintética, la síntesis artificial de organismos, nuevas tecnologías de intervención sobre nosotros la robótica, la computación… Parece ciencia ficción pero creo que vamos a asistir a profundas transformaciones. No sé socialmente de qué naturaleza, porque sobre eso no he reflexionado. He reflexionado sobre los grandes avances en ciencia. Muchos de ellos no eran, ni por asomo, previsibles. Por ejemplo, Internet, la conexión entre todas las personas del plantea, era imprevisible y está teniendo una consecuencias trasformadoras inmensas con efectos obre la sociología y el comportamiento de las personas. ¿Es progreso? Transformación y cambio en una dirección determinada, sí. Y la impresión que tengo es que esa capacidad de intervenir va a ir a más. De intervenir y modificar. Lo Lo que se dispara con el incremento de los flujos de información.

Estamos sumergidos en un mundo de información. En biología computacional distinguimos entre lo que son los datos y lo que es información. Procesar inteligentemente los datos es un ejercicio complejo. El dato abunda de una manera espeluznante. Es desbordante, pero poniéndolo en positivo, tenemos una oferta de datos que exigen quitárnoslos de encima porque no tenemos capacidad para procesar todo lo que las nuevas tecnologías nos transmiten. De hecho, esto se puede considerar un elemento de intervención del hombre en la sociedad, probablemente también en la naturaleza. Parto de ahí y tengo en cuenta las ciencias emergentes, particularmente la biología sintética, que combina los aspectos más avanzados de la biología con los aspectos más avanzados de la computación y la ingeniería, que permite el diseño de organismos, de circuitos a la carta. Y ya se habla de entes nuevos, que no existen: entes vivos que no han existido nunca. Un producto de la actividad humana. ¿Hasta dónde podemos llegar, sin entrar en la ética de estas acciones? Ahí hay un principio muy importante de transformación. En la historia de las sociedades humanas, muchos inventos proceden de descubrimientos técnicos que pudieran parecer irrelevantes. La rueda no es irrelevante, tampoco la imprenta. Y se hallan en la base de transformaciones sociales importantes.

Usted se hace preguntas que pueden ser consideradas metafísicas y añade una reflexión: ¿Cuál es su sentido desde la perspectiva de la evolución?

¿En qué medida uno esta capacitado para formular determinadas preguntas y, una vez obtenidas las respuestas, llegar a la conclusión de que probablemente no tenga mucho sentido, desde el punto de vista de la existencia, respondernos que igual que estamos aquí podríamos no estar? Yo he comentado esto en algunos foros y me han dicho que esa visión en cierto modo se contrapone radicalmente a la religión. Muchas veces se comenta que la ciencia no es incompatible con la religión. Yo en el libro no hago referencia, pero si se lleva el pensamiento hasta sus últimas consecuencias, sí hay una suplantación. Las tesis que yo mantengo son tesis de racionalidad. Con la ciencia estoy en condiciones de explicar, no digo demostrar, cuestiones como por qué aparece el pensamiento religioso o por qué aparece la religión, las sociedades. En un contexto evolucionista. Un poco como lo ha comentado Richard Dawkins en sus últimos libros. La ciencia te hace proclive al ateísmo. Eres capaz de responder progresivamente a muchas preguntas porque vas conociendo las leyes de la naturaleza pero al final de recorrido seguimos sin saber por qué estamos aquí. La ciencia sí me da una explicación, esa es la paradoja. La tesis que rezuma en el texto es que yo puedo decir, más o menos, por qué estoy aquí, soy un producto contingente de la evolución; igual que estamos, podríamos no estar, podrían haber evolucionado otras formas igualmente inteligentes. Tenemos la capacidad de mirar retrospectivamente. Desde la Física, podemos explicar cómo ha podido aparecer algo a partir de la nada. Y desde el punto de vista de la emergencia de la vida, cada vez tenemos unas convicciones más fuertes, empíricamente justificadas, de cómo ha podido producirse, en determinados planetas; cómo han podido aparecer organismos multicelulares, organismos con un desarrollo balbuciente del lenguaje, y así progresivamente hasta llegar a seres, nosotros, que podemos mirar atrás. Sabemos cómo hemos podido llegar hasta aquí y estamos en condiciones de explicar comportamientos más o menos complejos de nuestra propia especie. Estos es importante, porque aquí si hay descuerdo con algunas versiones de la sociobiología, que pueden ser explicaciones racionales pero esto no implica que sean definitivas ni científicamente probadas, aunque sean sensatas. Es en este sentido en el que pienso que puede haber antagonismo entre ciencia y religión. Sociológicamente es interesante recrear el debate entre ambas instancias. Desde el punto de vista de la sociología, claro, porque, como comento en el segundo texto, lo podemos disfrazar un poco diciendo que la ciencia se ocupa de unas cosas y la teología, de otras. Pero si llevamos el pensamiento científico hasta sus últimas consecuencias, creo que entra en conflicto con las tesis de la teología, que son objeto de fe y las de la ciencia, no. Si uno se mantiene en el ámbito de las tesis científicas, probablemente puede llegar a una cierta melancolía existencial.

Para un biólogo, la pregunta sobre qué es la vida resulta capital, pero admite ser formulada desde la pura biológica o desde la individualidad.

Es verdad. La definición de lo que se pueda entender por vida es complicada. Desde el punto de vista más filosófico, conceptual, hay una cierta idea de que el fenómeno vital va asociado a una especie de capacidad de autonomía respecto al entorno. Hay un filósofo que me gusta particularmente, Hans Jonas. Se formó con Heidegger y ha desarrollado una filosofía de la vida muy peculiar: la vida como un principio fundamental para entender el dinamismo de la materia. La vida nos aboca a separar lo que es la mente de lo que es el espíritu. A medida que se da la evolución, el espíritu va emergiendo, se va haciendo más presente conforme nos acercamos a nuestra propia especie. Si se mira la historia de la filosofía se ve que se dice que espíritu sólo hay en nuestra propia especie. Jonas lo niega. Para no separar lo que es la vida de lo que es la materia, quiere ver cierto espíritu balbuciente en el hecho de que un organismo, una simple bacteria (que no son tan simples) tenga una cierta capacidad de respuesta sensorial. Se puede decir que a eso no se le puede llamar espíritu, porque es muy mecánico, pero lo curioso de la dinámica de la vida es que se va haciendo progresivamente más compleja hasta que eso que denominamos espíritu va tomando unas proporciones hasta llegar a nuestra especie en la que tiene enorme trascendencia. Pero no es algo que aparezca de la noche a la mañana. Se puede, científicamente, incardinar en la propia evolución biológica. Lo único que necesitamos es un cierto cambio conceptual para hablar de manifestaciones del espíritu muy elementales desde los primeros momentos en que emerge la vida. Este es el pensamiento de Jonas. Él lo hace para superar el antagonismo entre mente y materia, mente y espíritu. En nuestra especie, las manifestaciones del espíritu, yo las llamaría manifestaciones de la mente, implosionan y explosionan. Somos seres que ejercitamos mucho la mente y sus propiedades están a la orden del día. Con nuestra mente hemos sido capaces de sacar adelante transformaciones muy importantes. Hay una cuestión que no está resuelta y fascina y que creo que en algún momento se podrá resolver: ¿cómo nuestro espíritu, de una manera consciente, es capaz de mover la materia? Yo doy instrucciones a mi cuerpo para mover los dedos. Esto, filosóficamente, es un problema de primera magnitud. ¿Cómo algo que, en principio, es inmaterial tiene capacidad de ejercer una acción sobre la materia? El cerebro, una enorme red compleja de interacciones entre neuronas, una cierta entidad inmaterial, da instrucciones para que se movilice algo material. Pero lo que no podemos es decir que es algo propio de nuestra especie. Vuelvo a ponerlo en el contexto de la evolución. Otra cuestión es que tengamos más o menos la conciencia de que estas acciones se ponen en marcha por una entidad inmaterial. Yo digo en el libro que el espíritu es la interacción de la materia. Es una frase muy fuerte que busca superar la dicotomía entre mente y materia y ponerlo todo en un contexto evolutivo. Los procesos de generación de las actividades superiores del cerebro, particularmente del cerebro humano, son producto de la evolución. No son algo exclusivo de nuestra especie. Se puede entender cómo se han producido estas categorías complejas. El pensamiento, las sensaciones amorosas, muchas actividades propias de nuestra especie admiten una lectura en el contexto de la dinámica de la vida de otros seres que no han alcanzado las cotas de espiritualidad que hayamos podido conseguir nosotros., pero hay un cierto continuo.

La conciencia de uno mismo es la autoconciencia.

A estas propiedades las denomino autoconciencia. Creo que tenemos particularidades respecto a otras especies. Vuelvo al discurso evolutivo. Todas las especies tienen características propias. Cuando ve el árbol de la vida, ve que si las especies se forman es porque han desarrollado características genuinas, propias. Todas las especies las tienen. De lo contrario no se podrían distinguir unas de otras. Se distinguen porque tienen una caracteriología similar. Y nosotros, desde luego, la tenemos y probablemente exacerbada respecto a otras especies. Aún una mucha investigación que hacer respecto a la autoconciencia. Muchos organismos tienen conciencia de su pertenencia a una especie determinada. De hecho, no agraden a miembros de su especie, sino a los de otras; se puede decir que son mecanismo innatos que les llevan a reconocer a los de su especie, por ejemplo, con quien se aparean. Nuestra especie, aunque hay investigación que hacer al respecto, es una especie que tiene conciencia de quien es o no miembro de su propia especie, esto es común al resto de especies, sino también conciencia de uno mismo. De sí mismo. Eso es la autoconciencia. Esa conciencia de singularidad ¿está generalizada en otras especies? Hay que investigarlo. Las separaciones no son siempre nítidas y tal vez se puede hablar de cierto grado de autoconciencia en otras especies que están filogenéticamente próximas a nosotros, pero no con el mismo nivel. Conciencia de la libertad, de la muerte, ¿hasta qué punto podemos decir que son propiedades genuinamente nuestras y no están en otros? Probablemente alguna sí. El lenguaje. La comunicación está a la orden del día en muchas especies. Yo diría que en todas, por elemental que sea. Hay formas muy mecánicas de comunicación, de señalización. Y formas, también mecánicas, muy elaboradas de comunicación entre miembros de las especies. Lo nuestro va más allá, porque el lenguaje es más que comunicación. El lenguaje es una herramienta, probablemente, genuinamente humana. Digo lenguaje, no comunicación. En la dinámica del devenir de lo vivo, se ha dado la circunstancia de que en nuestra especie han evolucionado características que son propias. Una muy importante es la autoconciencia. Es un arma de doble filo, como comenta Dawkins, la autoconciencia es un buen engendro de la evolución para salvar esos replicadores que son los genes. El mensaje de Dawkins es que es un buen invento evolutivo que los genes hayan creado seres que son capaces de pensar, como buenos sistemas para permitir la transmisión de los replicadores que llevamos dentro, que son los propios genes. En El gen egoísta, habla de que somos esclavos de nuestros propios genes y no estamos dispuestos a reconocerlo porque se ha generado en nosotros esa propiedad que está por encima de ellos, aparentemente, que es la autoconciencia. Así ellos se aseguran poder transmitirse, porque el ser autoconsciente te lleva a decir que te interesaría mantenerte vivo, dejar descendientes, lo que en el fondo es dejar nuestros replicadores. No tengo claro que sea una buena tesis, desde luego, no hay modo aún de probarla, pero tiene cierta gracia.

Usted sostiene que tenemos conciencia de la libertad, el tiempo y la muerte

El tema de la libertad es clave. Es fundamental porque tiene que ver con la propia ciencia, en el sentido de si somos o vamos a ser capaces de dar una explicación a si existe o no existe. No tengo un criterio formado, porque unas veces pienso que no somos libres y otra veces que sí. Lo que creo es que es posible que podamos llegar a una resolución científica del problema. De esto ha escrito mucho Daniel Denett. Si pensamos en la organización del cerebro, que es donde está todo, es posible que existan ciertas leyes que, de conocerlas, permitieran predecir la decisión que se va a tomar frente a cualquier acto. Si la decisión está determinada, no es libre; sí que lo es, si no lo está. ¿Podríamos llegar a una explicación científica sobre el libre albedrío? La respuesta podría radicar en que pueden existir, existen de hecho, leyes en la naturaleza (por ejemplo, las relacionadas con el tiempo medio de vida de un elemento radiactivo o si vamos al ámbito de la física cuántica, que son leyes indeterministas), y que probablemente en el caso de la libertad pudiéramos llegar a formular un cierto tipo de leyes que permitiera predecir la respuesta, aplicando esa ley, que permitiría decir que la respuesta es impredecible). No es fácil de entender, incluso a mí me cuesta explicarlo. Hay un famoso juego de autómata celular, que se llama el juego de la vida. Lo desarrolló un matemático y Daniel Denett lo trabaja mucho. Es una malla de ordenador, con unas celdas y se definen las reglas de interacción entre los elementos. Las casillas están ocupadas por unos entes que están vivos o no. La malla está formada por células, vivas o no. Las reglas que definen el juego son totalmente deterministas. Pero tú empiezas a jugar y no puedes decir cuál será el final de juego porque la naturaleza de las interacciones que se totalmente impredecible la estructura final de interacciones entre esas celdas al final de 200, 300, 1.000 o 3.000 ciclos. Y ya dice Denett que incluso formulando leyes deterministas puede aparecer caos y una cierta indeterminación. El trata, y yo en cierto modo lo sigo, de ver que por ahí hay cierta explicación a la libertad en nuestra especie, no necesariamente compatible con el descubrimiento de leyes más o menos deterministas. Esto en lo que afecta a la libertad porque, claro, estamos hablando de la conciencia de que somos seres libres y decimos que somos seres totalmente determinados, no hay plano para la libertad. Es posible que exista un principio de libertad, en el sentido de impredecibilidad. Sería una cierta respuesta al problema del libre albedrío en nuestra especie. Cómo de indeterminada para decir que la libertad sea mayor en nosotros que en otras especies es un asunto a estudiar.

¿Respecto a la muerte?

Primero hay una cuestión y es que la vida es muy pertinaz. Desde el punto de vista de la autoconciencia personal, se genera el conflicto porque uno es consciente de su propia limitación, en el sentido en que, tarde o temprano, uno desaparece. Bueno, yo, como ser finito, desparezco, pero mi herencia se puede mantener, porque dejo descendientes. Si uno pensase en los genes como esos pequeños demonios que lo controlan todo, entonces, ellos se lo han montado bien porque se mantienen: no mueren nunca. En esa perspectiva, hay una cierta inmortalidad de estos entes. Es verdad que no han existido siempre, han aparecido hace tres mil y pico millones de años. La vida también ha aparecido. ¿Puede desaparecer? Se puede hablar sobre vida y muerte, haciendo una reflexión sobre la vida en general. Puede hablar sobre vida y muerte, hablando de esos productos tan finos de la evolución que son los genes. Y uno puede hablar de vida y muerte hablando de sí mismo y de la autoconciencia de que como ser físico va a desparecer en determinado momento. Y aunque no deje descendientes, sus genes están ahí porque ese ser procede de unos padres y hay ramificaciones, de modo que los genes están por ahí. Existen. Desde la perspectiva de la evolución, somos un producto un tanto genuino en el sentido en que desarrollamos una autoconciencia y sabemos que tenemos unas limitaciones físicas. Nuestra edad reproductiva es adecuada en determinados momentos, podemos ejercer o no la capacidad de reproducirnos, y sabemos que, pasado un determinado periodo, vamos a desaparecer. Esto en la perspectiva a la que me refería anteriormente, la del ateísmo. Pero desde el punto de vista de lo pertinaz que es la vida o lo pertinaces que son los genes, uno puede hablar de cierta inmortalidad. Es para pensarlo. En el próximo libro reflexiona sobre nuestra capacidad de autointervenirnos. La autointervención está a la orden del día: todo el mundo habla de prolongarnos la vida. De que mejoren las condiciones sociosanitarias o la capacidad de intervenirnos genéticamente, de modo que nuestra individualidad pueda pervivir mucho más tiempo. ¿Podemos reflexionar sobre una cierta inmortalidad, como lo hecho antes, de la vida y de los genes, pero ahora de nosotros mismo? No sé si nos conviene, la verdad, pero cabe la reflexión. La esperanza media de vida en las sociedades occidentales está aumentando de una manera dramática. La especie humana, cuando se origina, tiene una vida media de 25 años. Ahora es de entre 75 y 80. La esperanza de vida se incrementa. Sin llevar a cabo tareas de intervención como las que he comentado y que empiezan a vislumbrarse. ¿Hasta donde podemos llegar? Aquí empezamos con ejercicios de ciencia ficción. Imaginemos: ¿se podrá reproducir un ser a partir de células, se podrán llevar a cabo trasplantes de cerebro? Y la entidad trasplantada ¿qué será? Porque se puede trasplantar a un engendro mecánico, en el sentido de físico, hecho de materiales no necesariamente biológicos, como una especie de robot. Un cibor. Hay una cierta ciencia ficción en esto, pero no tanto. Hace 15 años, nadie podía imaginar que Internet pudiera emerger y tener las características actuales. ¿Podemos ir contra la muerte del individuo? Técnicamente, podemos ir progresivamente. Podemos pensar en la posibilidad de liberarnos de ella. Podemos pensarlo. No nos toca históricamente. Sería una ejercicio de intervención suprema sobre nosotros mismos, en los tiempos que tengan que venir.

Eso ¿implicaría replicar conciencia y memoria?

Un trasplante de esta naturaleza… si hablo de que el espíritu es la interacción de la materia, es verdad que hay un cierto contexto de interacción con el entorno y que los individuos tienen una singularidad absoluta. No hay dos individuos, por muy parecidos que sean, genéticamente idénticos. Sus experiencias vitales y de desarrollo son de tal naturaleza que llegan a tener conciencias distintas. Ahora, como hacía Einstein, imaginemos esos experimentos hipotéticos que nunca se podrán realizar. ¿Qué pasaría si se pudiera trasplantar un cerebro? ¿Qué sería ese nuevo ser? Porque ¿ qué se traslada con él¿ Todas las operaciones mentales complejas están en la caja que tenemos ahí dentro. Yo veo la conciencia como algo, una especie de emergencia permanente, como consecuencia de una interacción extraordinariamente compleja que se da en los procesos cerebrales. Se ha comentado muchas veces si será factible o no el trasplante del propio cerebro a un medio físico. Tengo dudas de si será factible. Probablemente necesitemos conocer mucho más la biología del cerebro, de las células para decir si vamos a poder llevar a cabo este tipo de experimento. Los tiempos van a transformarse de manera tal que cosas así pueden llegar.

Dice usted que el amor es un sentimiento superior, ¿En qué sentido?

No es propiamente un sentimiento superior si se sigue la línea apuntada de Jonás, donde todas las manifestaciones del espíritu son algo que se va desarrollando a lo largo de la historia de la vida. Se puede diseccionar el fenómeno amoroso a lo largo de esa historia. El amor lleva asociados comportamientos relacionados con la evolución de la sexualidad. Las bacterias tienen sexo. ¿Existe el amor entre bacterias? Es muy conveniente, en este ejercicio y precisamente para naturalizar al hombre, no hablar de categorías exclusivas de la especie humana y tratar de hacer un esfuerzo por ver en qué medida nosotros tenemos características más o menos exacerbadas. Las especies, en la medida en que han ido evolucionando, han podido desarrollar crecientemente su espíritu. De modo que el comportamiento amoroso en nuestro espíritu es un comportamiento exacerbado respecto a otras especies. Esto es importante para naturalizar al hombre. Jesús Mosterín a veces comenta que el hombre no ha tenido naturaleza. En el pensamiento tradicional, nosotros éramos entes que tenían que desechar la idea de materia. El cuerpo era algo abominable. Incluso en cierta tradición reciente, en la medida en que nuestro cerebro estaba dispuesto para asimilar la cultura de la sociedad donde se desarrollaba no había lugar para la biología, la naturaleza física de nuestro propio cuerpo. Es una barbaridad y cuesta entender cómo hemos vivido tanto tiempo con la obcecación. De que nuestra especie no es otra especie más. Y los es. Somos una especie más, con características particulares. La afirmación sobre categorías superiores nos ayuda a entendernos. ¿Tiene el amor manifestaciones muy curiosas? Las tiene. Es un estado de pérdida absoluta de la noción de realidad, pero lleva asociadas necesidades de interacción con el ser amado que se pierden en la noche de los tiempos y que se puede ver que se reproducen en otros seres que no tienen el anonadamiento del estado amoroso. El de nuestra especie tiene particularidades, pero también muchas cosas comunes con otros seres. Yo he tratado, en mis libros, de mostrar el contexto evolutivo y superar el dualismo.

Vea la biografía de este autor.

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