La verdad – Por Jesús Zamora

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Mientras el conocimiento tuvo la garantía de Dios, había una noción de verdad fuerte que en el ámbito epistémico actual parece fluctuar. ¿Es posible construir una noción de verdad fuerte?

Yo no estoy tan seguro de que la hipótesis de Dios ofreciera esta garantía, porque los teólogos más profundos, incluido el propio Santo Tomás de Aquino -que es el paradigma de la teología cristiana- en el fondo aceptaban lo que llamaban una teología negativa, en el sentido de que la verdad acerca de Dios -y por lo tanto las verdades más profundas acerca del universo- para ellos son inefables, lo que significa que no son captables mediante el lenguaje. Y, por lo tanto, en el fondo todo lo que digamos mediante el lenguaje es relativamente falso. Así que yo creo que, en el fondo, la religión -la cristiana en particular- no necesariamente proporciona un fundamento absolutamente firme a nuestro deseo de conocer el mundo. Y puede utilizarse tanto para pretender hacer una fundamentación de ese tipo como para fundamentar tesis relativistas y escépticas. De hecho, varios de los grandes teólogos han sido escépticos en relación al conocimiento del mundo, no necesariamente al conocimiento de Dios. Así que el concepto de verdad ni era en realidad tan estable, tan firme, en la tradición antigua, ni creo que sea necesariamente más inestable en nuestra tradición atea o laica o desencantada. Yo creo que, en el fondo, la ciencia -este es un tema que preocupa más a los filósofos que a los científicos- se basa en tener una noción de verdad que sea pragmáticamente útil. Una noción de verdad tal que existan métodos para llegar a ponernos de acuerdo acerca de un tema determinado, de si Fulano o Mengano tienen razón acerca de este problema. Basta con que haya un mecanismo para ayudarnos a determinar si es este científico o este otro el que ha dado con la respuesta correcta a la pregunta para que la ciencia pueda funcionar. No hace falta algo así como una especie de noción de verdad transcendental.

Y para eso utiliza usted la idea de verosimilitud.

Exacto. La idea de verosimilitud es un concepto bastante vago que tiene una gran historia e incluso prehistoria, pero en la filosofía de la ciencia contemporánea lo introdujo Popper y lo hizo con un sentido muy distinto al que yo he intentado defender. Popper lo proponía como una defensa precisamente de la idea de que existe una verdad objetiva y que el objeto de la ciencia consistía en aproximarse a esa verdad objetiva. A Popper no le salió bien: las definiciones que intentó dar del concepto de cercanía a la verdad eran inconsistentes desde el punto de vista lógico. Se intentaron dar posteriormente muchas otras definiciones, algunas no inconsistentes, algunas consistentes, pero muy difícilmente aplicables a la ciencia real. Lo que yo he intentado ha sido proponer algunas versiones de este concepto en las cuales no hace falta suponer que la verosimilitud consiste en aproximarse a una verdad objetiva, sino más bien en una especie de cualidad de los resultados a los que llegamos. Cuando decimos si una película es más o menos realista que otra, la verosimilitud en la ciencia, tal como yo la propongo, sería un concepto parecido al que tiene la misma palabra, verosimilitud -o realismo- en el arte, la literatura, etc.

Ha dedicado usted serias críticas al creacionismo. ¿Qué diferencia el conocimiento real del pseudo-conocimiento?

Hay una diferencia fundamental, y es que el conocimiento tiene que estar sujeto a algún tipo de contrastación empírica. Si se propone una tesis tal que ninguna observación empírica posible podría contar como un argumento en contra de ella, entonces no es parte del juego de la ciencia. Es una cosa que se puede aceptar o rechazar a gusto del consumidor, por así decirlo. La ciencia se caracteriza en cambio por la actitud que tienen los científicos de decir “esta teoría la rechazaremos si observamos tales o cuales hechos” y esos hechos tienen que estar predefinidos de antemano, aunque puede ser de manera relativamente vaga e imprecisa. Tienen que estar predefinidos una serie de casos que nos forzarían a rechazar la teoría. Por ejemplo, está absolutamente claro qué cosas podríamos observar que nos llevarían a tirar a la basura la teoría de la evolución. Si encontrásemos, por ejemplo, que decodificando el ADN de un bicho particular pudiésemos asignar una letra del alfabeto hebreo, por ejemplo, a cada uno de los codones, y resultase que, cuando seguimos todas esas letras, nos sale un capítulo entero del génesis -por ejemplo- sería una refutación absoluta de que ese bicho ha evolucionado por selección natural. Pero no hay nada que pudiésemos observar que llevase a la conclusión de que el mundo, los seres vivos, no han tenido que ser creados por Dios. Entonces no hay forma de saber si esa hipótesis es verdadera o falsa. Uno se la cree si le da la gana y si no, no se la cree.

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