Preguntas y esbozos de respuestas

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The nature of existence

El cineasta Roger Nygard realiza The Nature of Existence, una serie de reportajes en los que pregunta por el sentido de la existencia, la moral o la vida.

FRANCESC ARROYO

Circula ampliamente un rumor nunca confirmado según el cual hay un ser llamado Dios que ha creado el universo. Dice el libro de estilo del diario español El País que los rumores no son noticia. Así, pues, nada que decir sobre la supuesta existencia de Dios. En cambio, es un hecho que millones de personas creen en esa existencia. Una creencia es una opinión que puede tener su base en hechos, pero no es un hecho. La ciencia, como el periodismo, se ocupa de hechos. Ni la ciencia ni el periodismo se ocupan de la existencia de Dios porque no pueden confirmarla. ¿Tampoco negarla? Las proposiciones de la ciencia, como las del periodismo, son relevantes si son afirmativas. Una negación no tiene que ser demostrada. Si alguien situado en la vieja Europa negara la existencia de América, podría ser catalogado como un individuo cuyos métodos de información dejan bastante que desear, pero resultaría absurdo pedirle que demostrara su negación. Así pues, respecto a la existencia Dios, la carga de la prueba recae sobre quienes la afirman, no sobre los que la niegan. De hecho, los católicos sostienen que la fe es una virtud teologal, lo que significa que es una virtud otorgada por Dios a los creyentes. A quien no se la da, se queda sin ella. Salvo que, como explicó uno de los llamados doctores de esa misma Iglesia católica, quiera creer. En efecto, cuando a Agustín de Hipona se le piden explicaciones sobre la fe, responde “si no creéis, no entenderéis”. De forma que a los no creyentes les está vedada la comprensión de dios. El caso es que mientras esos creyentes se mantengan en el campo de la opinión sin afirmarla como un hecho real, nada hay que decirles. Uno cree lo que quiere creer y, con frecuencia, luego construye los argumentos que justifiquen esa creencia. En lo que sigue se hablará de la diferencia entre creencias y afirmaciones sobre hechos. Hay quien las confunde, pero no son lo mismo.

El cineasta estadounidense Roger Nygard (nacido en 1962) acaba de realizar una serie de siete DVD titulados de forma genérica The Nature of Existence en los que parte de sus propias dudas, muchas de ellas compartidas por buena parte de la humanidad, para preguntar a unos y otros con el objetivo de resolverlas. Dudas sobre la existencia, sobre la vida y su sentido, sobre la religión y la existencia o no de lo espiritual, sobre el bien y el mal, la verdad y la fe, el pecado, el libre albedrío, la moralidad y la hipotética vida después de la muerte.

Un buen trabajo que le ha llevado cuatro años y que ha dado un notable resultado. Desde la perspectiva de la confección, los reportajes se ven con facilidad, el ritmo narrativo es ágil y la diversidad de personajes elegidos amplia y, en muchos casos, idónea. Quien acuda a ellos no quedará defraudado. Hay filósofos, como Richard Schlagel (Universidad George Washington); psicólogos como Michael E. Nielsen o David Wulff (autor de diversos textos sobre psicología de la religión); biólogos como Richard Dawkins, cuya voz se ha expresado no hace mucho sobre Dios en el libro militante The God Delusion; físicos como Sylvester James Gates Jr., Joel R. Primack; David Spergel; Leonard Susskind o Stanford Woosley. Gente que, en general, habla sobre hechos, o emite opiniones basadas en hechos, más o menos contrastables. Todo lo contrastables que permite la ciencia.

Claro, no todo lo que dicen tiene ese estatuto epistemológico. Así, cuando Leonard Susskind habla de física, lo hace avalado por sus investigaciones, entre otras, en la teoría de cuerdas. Pero cuando asegura que lo mejor de la vida es el sexo y el chocolate, la cosa cambia. Se trata de una afirmación perfectamente opinable, como opinión que es. Un anacoreta podría sostener lo contrario y sólo cabe darles a ambos la razón individual.

Por los mismos motivos, el trabajo de Nygard, siendo bueno y entretenido, adolece del hecho de equiparar los decires sobre hechos y las opiniones. Opiniones de gente variopinta cuyos discursos son, en el mejor de los casos, gratuitos. Desde sacerdotes de religiones varias hasta gente que parece caer más cerca de la farsa que de la reflexión. Lo que no quita para que resulte la mar de ameno saber de una iglesia que promueve una interpretación de la cristiandad a través de combates de lucha libre o que hay aún druidas y archidruidas, además de gurus especializados en ser “agentes transpersonales”. También tienen interés los devotos Baba (pretende ser la reencarnación de un dios hindú), que sostienen que tiene poderes mágicos, aunque no lo manifiesta. Y no es de desdeñar la aportación histriónica de un tal Hermano Jed Smock, que se define como “evangelista confrontacional” Por supuesto, se confronta a los demás, pero no hay forma de confrontar sus propias afirmaciones basadas en la libre interpretación de la Biblia.

The Nature of Existence es, ya se ha dicho, un buen trabajo que da pie a una reflexión sobre el conocimiento y su historia. Conocimiento en sentido duro, es decir, afirmaciones contrastables sobre hechos. No se trata de discutir si la descripción de los sentimientos que hace Shakespeare (o cualquier otro artista) es más o menos profunda que la de los psicólogos. Son dos niveles de lenguaje diferentes y es difícil que un lector confunda Hamlet con la Psicopatología de la vida cotidiana. Hace bien Nygard en plantear las preguntas dentro de un totum revolutum, porque así se ha presentado a lo largo de la historia y así ha llegado hasta nuestros días. Pero la labor del científico consiste en desbrozar y separar los discursos contrastables de los etéreos. Y es, precisamente, lo contrario, lo que pretenden los defensores de tesis difíciles de sostener sin el concurso de la fe. Por ejemplo, los creacionistas, que pretenden que sus proposiciones son equiparables a las del evolucionismo. En absoluto es así. Los biólogos hablan de hechos comprobables, realizan afirmaciones sobre el pasado que avalan con demostraciones científicas y vaticinan determinados comportamientos que cualquiera está en disposición de verificar o refutar. Nada de esto afecta a los creacionistas que, además, tienen que negar la evidencia de las pruebas geológicas y biológicas para sostener su opinión de que el mundo fue creado hace poco más de 4.000 años.

La confrontación entre opiniones basadas en la fe (o formuladas para justificar el mantenimiento de la fe) y proposiciones científicas no es nueva. De hecho, el progreso del conocimiento se produce sólo en la medida en que se decide prescindir de los dioses para explicar el mundo o parte de él. Galileo expulsó a Dios de la astronomía y con él nació la física que lleva hasta hoy. Darwin expulsó a Dios de la biología, mal que les pese a los creacionistas de diverso tipo. Marx expulsó a Dios de la Historia y Freud prescindió de él para explicar el alma humana. Paso por alto una discusión más a fondo sobre la noción de alma como elemento separado del cuerpo porque es evidente que no uso la palabra en ese sentido. Y lo que es más serio, Kant no tuvo problemas para formular una moral que buscaba la universalidad, prescindiendo de Dios.

El nacimiento mismo de la Filosofía en la Grecia clásica tiene que ver con la posibilidad de explicar el mundo al margen de los dioses. Cualquiera puede ver que hay grandes similitudes en los mitos que explican el origen del mundo. En casi todos ellos, una fuerza (más o menos divina) procede a ordenar el mundo. Pero esa noción de orden no se formula igual en todas las lenguas. Por ejemplo, en Mesopotamia, el mundo nace tras el enfrentamiento entre Marduk y Thiamat, en el que vence el primero, que separa a su enemigo en dos partes (cielo y tierra), quedando el aire en medio. El poeta griego Hesíodo explica algo parecido, pero cuando Zeus vence a Jaos (nombre emparentado con caos y gas) instaura el cosmos. Cosmos es una palabra griega que significa, a la vez, universo y orden, de modo que Hesíodo abre el camino a la filosofía y a la ciencia (es decir, a conocimientos racionales y contrastables), cosa que no hace la Biblia, donde Dios se limita a separar la tierra y el agua, pero no impone un orden. Si los dioses instauraron un mundo regular, basta con observarlo para comprender sus leyes. Si Dios hizo un mundo y sigue interviniendo, la experiencia no basta: sólo él sabe cómo es. De ahí que, para las religiones del libro (judaísmo, cristianismo, islamismo) la investigación sobre el universo consista en leer ese libro, porque la verdad es revelada por Dios. A cambio de esta limitación, esa verdad tiene unas características fantásticas, como se puede ver en los sacerdotes que la explican en los reportajes de Nygard: se trata de una verdad inmutable, universal, eterna. Frente a ella, las verdades de la ciencia, son de segunda división: constantemente sometidas a revisión por los propios científicos que las formulan.

Ciertamente, Dios, de existir, sería un gran refugio intelectual. Pero la ciencia no lo necesita. Y el mundo parece que tampoco.

Más información en:

www.TheNatureOfExistence.com

y

existencedocu@aol.com

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