La conciencia, por Reyes Mate

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Habla usted de a la conciencia. ¿Qué es?

La conciencia, en términos hegelianos, es entender que pensar la realidad es pensarse: pensar el mundo es pensarse uno mismo. El mundo son los objetos que nos son dados, a los que ponemos nombres. Por ejemplo, “piedra”. Entendemos que ese objeto tiene muchas características, de las que una es esencial, principal: la dureza. De modo que la palabra piedra remite a esa característica que definimos como su esencia. No es que la piedra sólo sea dura, la llamamos “dura” porque es lo que, al sujeto humano que conoce, le interesa. El sujeto humano sólo puede conocer si reduce el mundo complejo que son los objetos a una esencia que es lo cognoscible. Lo esencial de las cosas es lo que podemos conocer. En el fondo convertimos los objetos en el combustible del conocimiento. El mundo sólo existe en la medida en que alimenta nuestro conocimiento. La conciencia es, precisamente, el resultado de ese proceso de apropiación del mundo a través del conocimiento. En el fondo es una mirada subjetiva sobre la realidad.

La conciencia está, por tanto, claramente separada de la autoconciencia.

La autoconciencia es el segundo momento. Cuando el sujeto se vuelve sobre sí mismo para ver qué contenidos tiene. Pero lo importante de la conciencia es ese fenómeno de apropiación del mundo de una manera violenta, irrespetuosa con la realidad. Conocer no es respetar la pluralidad de características que tiene la realidad. Reducimos la realidad a lo cognoscible que llamamos esencia. La esencia no es el dato objetivo y fundamental de la cosa, es lo que el conocimiento necesita de la cosa para apropiársela. En todo el conocimiento de la Filosofía hay un trasfondo idealista del que no nos hemos liberado.

A veces ese platonismo se ha refugiado en el lenguaje.

Esa es una de las interpretaciones: al final, la única realidad es el lenguaje. Pero ha habido intentos, Heidegger es uno de ellos, de romper el idealismo, de salir de ese círculo infernal en el que lo importante es reducir el mundo a combustible del conocimiento. Eso es lo que critica Heidegger a la Filosofía desde Platón y vale hasta hoy. Hay intentos, curiosamente relacionados con el pensamiento judío del siglo XIX, en los que, frente a ese planteamiento idealista de la realidad se formula un planteamiento experiencial. Frente a una filosofía de la visión, una filosofía de la escucha. Todo el idealismo es una filosofía de la visión, porque en el fondo tratamos a la realidad con la luz que nosotros proyectamos. No vemos en los objetos más que el resultado de nuestra iluminación. Es la teoría (theoreiein). En el otro planteamiento no prevalece el oído sino la escucha. Tiene que haber una realidad exterior que no es ajena y de alguna manera inalcanzable, desde la que nos llegan interpelaciones, demandas. Cabría entender la Filosofía como una respuesta a ese mundo que nos interpela. La Filosofía como interpelación, como escucha y no como visión. Es el intento que inicia la filosofía alemana del siglo XIX con Rosenzweig, que tanto influye en Heidegger. Y que luego en la primera Escuela de Francfort tiene una importancia definitiva.

¿Podría definirse como un proceso ordenador de la diversidad del mundo?

Más bien fragmentario. Al conceder que el mundo tiene una diversidad inalcanzable, se tiene que pensar que es algo muy fragmentario. Imaginemos por ejemplo una teoría de la justicia. Desde una teoría de la visión, el idealismo, podemos pensar que se puede definir qué es la justicia. En qué consiste lo justo. Lo definimos y luego lo aplicamos. En este segundo planteamiento, en una filosofía de la escucha, es imposible entender así la justicia. La justicia sería la respuesta a la injusticia. Sería imposible ordenar las injusticias porque no se agotan y nos falta una memoria que nos las pusiera todas delante para poderlas ordenar. De este modo, habría que entender la justicia como una constante réplica a las preguntas de la injusticia.

¿Eso no sería materia de una conciencia política o moral?

La conciencia política, lo que Kant llamaría la conciencia práctica, obliga a la conciencia a salir de sí misma. Parecería que la conciencia es un concepto individual y lo es, fundamentalmente. Pero el individuo no vive solo sino en el mundo, la relación con el mundo le hace salir de sí mismo. Salir de su conciencia. Llamar a esto conciencia y hablar de la conciencia política sería forzar el concepto, en la medida en que la conciencia es sobre todo individual. Habría que recurrir a otro concepto más apropiado: el de la responsabilidad. La conciencia política trata de interpretar lo político: el mundo de los otros, los problemas de la sociedad desde la perspectiva de uno mismo. Lo que da entidad a lo político es el reconocimiento de que ese mundo de las relaciones tiene vida propia, sus exigencias, sus planteamientos, que afectan a la conciencia individual en la figura de la responsabilidad. La conciencia política trataría de modular el mundo conforme a los propios criterios, mientras que la responsabilidad escucharía más los problemas de la sociedad para darles respuesta. Son dos perspectivas diferentes. Una filosofía política de la conciencia o una filosofía política de la responsabilidad.

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