¿Existe un mundo exterior? Por Eugenio Trías

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¿Existe el mundo exterior?

Por supuesto que existe. Yo en esto parto de la percepción ingenua, que creo que es la verdadera. Aunque es cierto que una cosa es el mundo exterior y otra, el mundo propio, en el sentido más estricto del término. A veces hay coincidencia y a veces no. Hay una condición, que podríamos llamar la condición contemporánea, que nos hace vivir un mismo mundo en distintas escalas: lo local, le municipio, la región, el país, etcétera. Actualmente está muy presente en todos el marco global. Realmente, estamos en un mundo cada vez más interconectado, lo cual no significa necesariamente, un mundo cada vez más uniforme. De modo que lo que creo es que sí que existe el mundo exterior. Nadie lo niega. En realidad, quienes puedan negarlo, lo que están intentado es formularlo de una manera más racional. Pienso en toda la tradición filosófica occidental, desde Berkeley a Leibniz.

Hay quien afirma que todo lo que se afirma sobre el mundo exterior son construcciones mentales; que si existe ese mundo, no hay acceso a él.

Creo que en el conocimiento hay construcción, evidentemente. La demostración está en el ámbito de las ciencias, pero también en las especulaciones filosóficas. También creo que hay una especie de percepción primera, las tradiciones empiristas insisten en ella, que no es desdeñable, no se puede olvidar. Lo mejor es encontrar una fórmula de ensamblaje de ambas modalidades. Yo, últimamente, doy vueltas a la extraordinaria frase del obispo Berkeley: “Esse est percipi; ser es ser percibido”. Esta frase, que está en la raíz de lo que luego desarrollara de una manera extraordinaria Leibniz, significa que entre el ser y el percibir y el ser percibido y el existir, hay una especie de unidad monadológica, de modo que no puede disociarse una cosa de otra. Todos estos debates, muchas veces ociosos, sobre el mentalismo o la afirmación ingenua del mundo, permitirían una especie de visión distinta. En cierta manera, entre la materia y el espíritu hay una unidad muy cercana. En esto estaría próximo a las posiciones de Leibniz. Pero además, la ciencia del siglo XX nos encamina en esa dirección: la teoría de la relatividad, la especial y la general, nos inducen a pensar las cosas en términos de que cada fragmento de materia, incluso el más microscópico, en realidad es como un estanque lleno de seres vivos. Y tiene su propia percepción. Tiene su propia perspectiva desde donde el mundo se construye. En este sentido, el siglo XX nos da muchas líneas de investigación en el campo de la filosofía. A partir de la ciencia. De la mejor ciencia: Einstein, Heisenberg, la microfísica…

En Berkeley, cuando el sujeto no percibe está Dios percibiendo. ¿Qué ocurre sin Dios?

Yo creo que a Berkeley se le ha interpretado mal. El dice “ser es ser percibido”. Ahí no hay una afirmación de un sujeto solipsista, sino más bien la semilla de lo que luego Leibniz extenderá: una unión de sustancia y sujeto. Cada fragmento del ser es a la vez sustancial y subjetivo. Tiene una forma de subjetividad. Leibniz hablaba de las pequeñas percepciones, Freud hablará luego del inconsciente, los románticos hablarán de un inconsciente anímico, orgánico, que ya está en la naturaleza. Pero yo creo que la naturaleza encierra muchos secretos, muchos enigmas. Yo sería partidario de afirmar la continuidad entre naturaleza y cultura, naturaleza y educación, naturaleza y espíritu. Al final resulta que un naturalismo radical acaba coincidiendo con un espiritualismo curiosamente materialista. Esta es un poco la paradoja donde trataría de situarme.

¿Cómo llegar al mundo exterior? ¿Cómo tener conocimiento cierto de él?

Bueno, quizás, como diría Marx, “de cada cual según sus capacidades”. Cada uno tiene sus cauces, su forma y su intensidad. En el reino animal, vegetal, incluso animal, el reino humano, en su diversidad de culturas e individuos y de formas de creación posible encontramos la posibilidad de que no se produzca una intercomunicación, el tipo de relación que garantiza la naturaleza de contemporáneos en nuestra vida. Sin dejar de lado los aspectos más problemáticos de nuestra vida: aquello de lo que se ocupa la conciencia moral, la ética, Está el problema del mal, las pulsiones destructivas, lo que Freud llamaba el principio de muerte. Esto hay que tenerlo siempre en consideración para un acercamiento filosófico a la realidad.

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