Entrevista a Armando Massarenti

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En el capítulo dedicado a la buena y mala eutanasia plantea usted dos asuntos de especial interés: ¿Qué es la vida? y ¿tiene la vida algún sentido?

Para responder con toda seriedad, pero también con la debida ligereza, que quiere ser un trazo de mi estilo filosófico, partiré de esa espléndida broma de Woody Allen: “Entonces, toda la película de mi vida pasó ante mis ojos en un instante. Y yo no estaba en el reparto”. Así, una vida que tenga sentido, que valga la pena vivir es una vida en la que uno figura en el reparto. En el reparto de la propia vida, ¡por lo menos! Porque tiene razón Woody Allen: es algo que no se da por descontado. Estar en el reparto significa vivir una “vida pensada” una vida plena de búsqueda, como decía Sócrates a través de Platón. En esencia, una vida filosófica. Y esta es la idea que trato de reflejar en mis Píldoras de filosofía mínima. En este libro como en mi “Diccionario de ideas no comunes” y en los retratos de filósofos que he efectuado en “El filósofo de bolsillo”. Son ejercicios que, mutatis mutandis, recuerdan un poco los “ejercicios espirituales” a que se refiere Pierre Hadot para definir las características esenciales de la filosofía antigua. Era, antes que nada, una opción de vida, la elección de un estilo de vida particular. La elección de vivir de acuerdo con el estilo sugerido por una cierta escuela filosófica, sea el estoicismo, el epicureísmo, el escepticismo o el neoplatonismo. Una opción que hoy está a disposición de todos, porque todos, nos guste o no, somos personas reflexivas. Nos vemos obligados a ser libres, como diría Sartre.

La vida, sin embargo, puede parecer absurda y sin sentido a las personas más reflexivas y conscientes de la condición humana. Pensemos, por ejemplo, en Giacomo Leopardi (poeta y también filósofo: no es casualidad que lo incluya entre los grandes pensadores en El filósofo de bolsillo). O en Albert Camus, quien como nadie ha conseguido que alcancemos lo que él llamaba la experiencia del Absurdo. Según el filósofo norteamericano Thomas Nagel, que ha reinterpretado la idea de Camus, la vida parece absurda cuando la miramos de lejos. Hay una tensión esencial entre un punto de vista objetivo e impersonal y uno subjetivo y personal. Vivimos tranquilamente concentrados en nuestros pequeños y grandes quehaceres, y en un momento se nos ocurre “dar un paso atrás” y observarnos a nosotros mismos “desde fuera”, un poco como Woody Allen en la broma con la que hemos empezado, o cómo podríamos fijárnos en la vida de un ratón. Y entonces, lo que desde una perspectiva personal, interna, parecía importante, fundamental, absoluto, termina perdiendo todo sentido. Vista desde fuera, nuestra vida parece absurda. No sólo porque, en comparación con la eternidad y la inmensidad del mundo aparece en toda su miseria y finitud, ejercicio tan grato a los filósofos antiguos. No, el punto no es la limitación de nuestras vidas. Si la vida fuera infinita, tampoco habríamos resuelto el problema: tendríamos sólo un absurdo infinito. ¿Qué podría hacernos pensar que nuestra vida tiene un significado y un valor diferentes a la de un ratón? El punto está en el “paso atrás” que nosotros, dotados de autoconciencia y capacidad reflexiva, somos capaces de dar. La vida acaso parezca absurda, pero sin que ello nos lleve a la desesperación. Al contrario. Incluso después de este “paso atrás”, la vida sigue. Pruebe a realizar este ejercicio: Piense en las veces que dio un paso atrás viendo una buena película o leyendo una buena novela. Y en cuántas veces lo ha dado en la filosofía. O con una película muy filosófica, aunque tal vez estrafalaria, como El sentido de la vida de Monty Python.

En cualquier caso, después del paso atrás, aunque nos parezca absurda, la vida sigue. Pero algo ha cambiado. Algo importante. Y para mejor. Antes, prevalecía nuestra tendencia a tomarnos demasiado en serio. Ahora, enriquecidos interiormente, hemos ganado una nueva dimensión: somos más ligeros, refinados, irónicos, civiles, tolerantes. Entramos en el reparto de un modo más sabio, en una película que no es aburrida ni absurda ni violenta, sino divertida y llena de sorpresas.
El señor Pollo (personaje ficticio que aparece en uno de sus libros) podría preguntarse por la validez del conocimiento. Si lo prefiere, ¿qué podemos conocer?
También para responder a esta pregunta puede ser de ayuda Woody Allen: “¿Es cognoscible el conocimiento? Y si no lo es, ¿cómo podemos saberlo?”. Las formas del conocimiento no tienen un fundamento último inamovible. La ciencia, para decirlo con Karl Popper, se apoya sobre frágiles pilares. En mi libro, las aventuras del señor Pollo son una manera de dar a entender, de un modo un poco humorístico, cuáles son las paradojas que surgen en los intentos de justificar nuestro conocimiento. Ya Hume se preguntaba si está justificado esperar que el sol salga mañana sólo porque hasta ahora hemos observado que siempre ha salido. La primera aventura del señor Pollo, el más inteligente del gallinero, relacionado con el pavo inductivista de Russell y de Popper, ilustra este punto. Todos los días el señor Pollo identifica la secuencia que le lleva el alimento (agricultor + bolsa en un momento determinado x) y siempre es el primero en presentarse. Hasta que la víspera de Navidad la misma secuencia le lleva directamente a la olla, después de haber perdido el pescuezo. Sin embargo, el pobre señor Pollo era muy inteligente y no tenía motivos para esperar el mal por ser inductivista. Sólo que este principio, como cualquier otro que busque “fundar” nuestro conocimiento o nuestro método científico no es absoluto. Es como mucho, razonable. ¿Tenemos que lamentarlo? ¿Hay que desesperarse? No. Asumamos el hecho lucidamente. Porque el conocimiento aumenta gracias a los principios de racionalidad, de honestidad intelectual, de cooperación activa entre las mentes humanas que han caracterizado la actividad científica en los últimos siglos. Y también la actividad moral, el universo de los valores, como intento demostrar en mi texto titulado Hechos y valores a prueba de imbéciles.

Termina uno de sus textos con un “bienvenido al mundo real”, pero, ¿hay un mundo exterior?
Bienvenido al mundo real es una broma de Matrix. Pero ¿qué plantea esta película incluso demasiado explícitamente filosófica? No plantea un argumento, sino un “experimento mental” en el que se ve inmerso el espectador. ¿Y si la vida fuese sólo un sueño? ¿Cómo podríamos distinguir el sueño de la vigilia? ¿Y si viviéramos en la cueva platónica y no viésemos la realidad de las cosas sino sólo sus sombras? ¿Y si hubiera un genio maligno que nos hiciera creer que el mundo es real, pero fuera él quien nos proporcionara los impulsos que nos lo hacen percibir como tal? ¿O si fuésemos “cerebros en una cubeta” que reciben impulsos de un científico loco? ¿O si como en Matrix, el mundo que se nos aparece como real fuese el resultado de un programa de ordenador?

Los experimentos mentales de este tipo son un ingrediente fundamental de la filosofía. Nos ayudan a reflexionar con mayor profundidad sobre algo que tal vez parece obvio. Como precisamente, la existencia de un mundo exterior. ¿Tenemos realmente pruebas decisivas de su existencia real? Para acercarse a esto es útil recurrir mentalmente a pensar en todas las alucinantes e ilógicas consecuencias que implica la hipótesis contraria. También de esta forma nuestro mundo y nuestra experiencia saldrán enriquecidos. Quizás apreciaremos mejor la diferencia entre un capuchino real y una “bebida con sabor” a capuchino.

Plantea usted en varios momentos si existe el libre albedrío y en qué pueda consistir.
Podría contestar con una pregunta: ¿Tiene sentido vivir si pienso que cada una de mis decisiones está determinada, o simplemente era ya conocida de antemano por la mente de una entidad superior o si el mundo está dominado por un determinismo total? Las respuestas de la filosofía y la religión han sido diferentes y variadas. Para llegar al núcleo del asunto, algunos psicólogos americanos han hecho un experimento interesante. Han preguntado a una serie de individuos si frente a la descripción de un mundo totalmente determinista pensaban que todavía quedaba libre albedrío. Sin embargo, mientras a algunos ese mundo les fue descrito como un mundo ficticio, a otros les fue descrito como el mundo real, aquel en el que viven cada día y en el que se hallan al tomar sus decisiones cotidianas, pequeñas y grandes. Bien, en el primer caso los sujetos en su mayor parte declararon que un mundo determinista como ese niega el libre albedrío; en el segundo grupo, la tendencia era a todo lo contrario: que el libre albedrío aún existe. ¿Qué significa esto? Que los seres humanos tienen una tendencia a considerarse libres y responsables de sus propios actos. Y tal vez es gracias a esa sensación de libertad y responsabilidad que nos parece que somos capaces de decir -para volver a la primera cuestión- que la vida tiene significado para nosotros.

Vea la biografía de este autor.

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