¿Cuál es el sentido de la vida? Por Miguel Catalán

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Es una pregunta de difícil contestación, porque parte del supuesto de que la vida tiene un sentido. Desde el punto de vista de mis trabajos de seudología, recojo esta idea en La simulación del mundo, el volumen en que estoy trabajando estos meses. La idea básica es la de que los seres humanos tenemos alguna información, pero nos falta la parte más importante de la información. La sospecha de que se nos ha hurtado la posibilidad de acceder a la parte más importante de la información es muy antigua. Cuando T. S. Eliot nos advierte en sus Cuatro cuartetos: “Debes caminar un camino que es el camino de la ignorancia”, está formulando en lenguaje poético el temor al escamoteo de la verdad que ya encontramos en los Vedas o en los gnósticos alejandrinos. Algunas formas de autoengaño nos permiten llegar a la conclusión de que nuestra vida sí tiene un sentido determinado o prescrito. Porque lo que causa más desánimo, mayor zozobra en el humano es la idea de que no puede controlar su futuro, el ¿qué será de mí? Y ahí entra una parte de El prestigio de la lejanía, libro con el que abrí el tratado de Seudología: la idea de que, a partir de nuestra ansiedad por conocer el futuro, que es la forma práctica de la ansiedad por conocer el sentido de la existencia, nos engañamos a nosotros mismos. Llegamos a pagar a videntes, médiums y visionarios, pero también a fundar y mantener seudociencias milenarias como la astrología, o religiones sotéricas, de salvación, que calman nuestra inquietud. Indudablemente, se trata de formas de ilusión autoinducida. La desgracia, el dolor por la muerte de un ser querido es demasiado dolorosa para admitirla en toda su dimensión, de forma que requiere ser interpretada. Necesitamos interpretar esa desgracia porque la ausencia del ser amado resulta insoportable. Y de ahí nace la ilusión no sólo de que podemos seguir hablando con su espíritu, sino también de lo que he llamado el prestigio de la lejanía, es decir, la idea de que si nos encontramos mal en este mundo, seguramente habrá otro lejano, en el tiempo o en el espacio, en que todo volverá a ser como fue una vez, o como queremos que sea. Así surgen las ilusiones salvíficas, el contraste entre el valle de lágrimas del más acá y el Reino de los Cielos del más allá, la ilusión de un futuro más allá del ésjaton a partir del cual todo lo va a cambiar. Pero también tenemos la intuición de que quizá no estemos viviendo la verdadera vida, sino que esta se encuentra “en otro lugar”. Como decía Kundera, la vida está en otra parte. Este autoengaño se ve reforzado por instituciones sociales: las agencias de viaje nos venden paraísos lejanos, Oceanía, los antiguos Mares del sur. Sin embargo, comprobamos que en la mayoría de las ocasiones estos paraísos son falsos y además salen carísimos, cuando el paraíso es por principio un lugar felicitario, pero gratuito. El ser humano, ante la desgracia, ante la posibilidad del sinsentido de la vida cotidiana, crea utopías que, como su nombre indica, nunca tienen lugar; son territorios de la imaginación. La fuerza de la utopía es justamente la fuerza de la derrota: como ya he perdido toda esperanza de mejorar mi entorno para realizar en él mis grandes ilusiones, fantaseo con un mundo paralelo donde esas ilusiones ya han sido satisfechas, si bien de forma imaginaria. Ese es el reino de la ciudad utópica, el reino de la ciudad radiante. Al gozar pensando en ese mundo paralelo, mi disgusto por el único mundo real se calma, se diluye. El pensamiento utópico abre un abismo entre la realidad y la utopía; de tal forma impide que el primero pueda acercarse al segundo. Por ese motivo la utopía suele tener lugar en islas inaccesibles, tan remotas que no parecen figurar en el globo terráqueo, o en momentos de un futuro también remoto, como ocurre con los profetas del Antiguo Testamento. Israel está sufriendo en cautiverio, está viviendo en el destierro, su templo ha sido incendiado, pero vendrá un momento en que llegará un mesías, un salvador, y todo cambiará. En la visión del profeta, los reyes de la tierra morderán el polvo y el pueblo elegido reinará sobre ellos; Babilonia será destruida y sobre sus cenizas Israel recobrará el poderío terrenal de David, etc.; los últimos serán los primeros y los primeros, los últimos. Este impulso compensatorio de la imaginación afecta también a la filosofía. En Kant, por ejemplo, encontramos la idea del reino de los fines, la idea de que es necesario para seguir viviendo imaginar que este mundo en el que casi siempre nos tratamos unos a otros como medios instrumentales cambiará tan radicalmente que, a partir de cierto instante, siempre nos trataremos todos como fines en sí mismos. Este ideal supone una laicización, una secularización del Reino de los Santos. Canetti decía que la única forma de soportar la desgracia es interpretándola, y de eso se trata, de interpretar para engañarnos a nosotros mismos sobre la desgracias. Probablemente el engaño más interesante y sutil sea el autoengaño. Marcel Proust dice algo así como que engañamos mucho, durante toda nuestra vida, en especial a los seres que amamos y, muy en especial, a ese ser cuyo desprecio nos causaría el mayor dolor, que es uno mismo. Como no queremos causarnos desprecio a nosotros mismos, como no queremos resultar culpables ante el tribunal de la conciencia, lo que hacemos es cambiar nuestro pasado de forma que nos resulte aceptable. Cambiamos los motivos de nuestras acciones, y cuando son egoístas intentamos explicarlas buscando y aduciendo motivos más profundos que habrían sido ocultamente altruistas. Obtenemos así una autoimagen que siempre es mejor, más redonda, más íntegra, que la imagen que de nosotros tienen los demás. La autoimagen física representa bastante bien la imago de la autoimagen mental y moral. Por ejemplo, respecto a la figura o a la edad, es difícil que podamos vernos de la forma descarnada en que nos ven los otros, porque entonces sería muy difícil levantarse cada mañana. El espejo no representa el cuerpo tan bien como creemos, porque al ponernos ante el espejo, nuestro yo se sabe mirado y adopta siempre la mejor postura, el ángulo más favorecedor. Sólo cuando el espejo nos sorprende, cuando a lo mejor vamos caminando por la calle y nos vemos reflejados en un escaparate, sólo entonces vemos nuestro yo físico.

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