¿Hay una realidad externa al sujeto? Por Miguel Catalán

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Hasta ahora hemos hablado de la comunicación entre hombres ¿qué ocurre cuando se interroga a la naturaleza y ésta se resiste?

Hay una vieja sospecha de la humanidad en virtud de la cual el mundo que vemos, la naturaleza en que vivimos y a la que a veces interrogamos, no es real. A su vez, una fantasía infantil reiterada es la del niño que se ve a sí mismo como el único ser real; piensa que sus parientes son actores, que no hay nada auténtico excepto él mismo. Y esta idea de que Dios o la naturaleza nos engañan ha sido transferida a fórmulas culturales como el Engaño de los sentidos (cuando la vista o el oído nos pasan informes erróneos o confundentes sobre lo que hay), o como el Teatro del mundo. En este segundo caso, el mundo sería un teatro y nosotros, sus actores. Los hombres estaríamos representando ciertos papeles determinados de antemano, pero como no lo sabemos, seguimos actuando con la mayor seriedad, como los niños cuando juegan. La idea de que Dios es veraz, uno de los argumentos que se suelen utilizar como criterio de la verdad del mundo, es relativamente nueva. Desde el origen de las civilizaciones escritas, desde Mesopotamia, encontramos a dioses que se complacen en engañar a los hombres. En Grecia tenían la misma percepción. Los dioses, como dice Homero en la Odisea, urden los males, las desgracias de los hombres sólo para que después haya algo que cantar. Ocurre con Héctor, que cree ver que su hermano viene a ayudarle desde los muros de Troya y luego percibe que es un fantasma enviado por un dios adverso para confundirlo. También Yahveh es un Dios que confunde, heredado luego por el Islam. En el orbe cristiano, Guillermo de Ockham y el obispo Berkeley imaginaron el mundo como un espejismo universal de los sentidos producido por Dios. Descartes desarrolla esta idea de un Dios omnipotente, pero malévolo, que nos engañaría haciéndonos creer en la realidad sensible. Sobre todo en la primera parte de las Meditaciones…, sugiere que todo cuanto vemos quizá no sea sino una farsa montada por alguna fuerza numinosa, él la llama “genio maligno” para cubrirse las espaldas, pero está pensando en Dios. Es la misma sospecha que ya tenía Heráclito, el cual ya veía a Zeus como a un “niño cósmico” jugando con sus juguetes, que somos nosotros. Como dirá mucho después Bierce, nosotros somos la broma. En ese sentido, a partir de lo que hacemos, sobre todo de niños, con los animales, cómo los sometemos a pruebas, cómo somos capaces de cortar las alas de una mosca para ver cómo se comporta, hemos concebido la idea de que quizá los hombres, que de niños son verdugos, se transforman al llegar a adultos en víctimas de una naturaleza madrastra o de un Dios cruel. El mundo sería entonces un laboratorio cósmico o bien una sala de torturas en forma de laberinto al que hemos sido arrojados. Los existencialistas formulan esta noción de los humanos, que habríamos sido arrojados al mundo desde no sabemos dónde, y no tenemos más remedio que ponernos en marcha, porque el mundo tiene esa forma de camino. Somos viatores o caminantes dejados caer en el espacio y en el tiempo, en medio del vial de una especie de laberinto que nos va ofreciendo salidas que luego se muestran ilusorias, salidas aparentes que nos hacen abrigar la esperanza de que todo terminará saliendo bien. Esa ilusión produciría el ideal kantiano, y en general ilustrado, del progreso de la historia. Kant viene a decir que para seguir viviendo hemos de pensar que ha de darse un progreso en la historia. Pero, después de todo, ese progreso parece no existir. El pavoroso siglo XX ha reforzado la idea de que todos los dramas han tenido lugar ya una vez y que lo que hacemos es repetir generación tras generación las mismas cosas, los celos entre hermanos o el abuso de poder. Schopenhauer describió muy bien esta sensación cuando dice que el drama de la vida está pensado para una sola representación. Los ancianos, que ya han visto pasar por delante dos o tres generaciones, experimentan una sensación de hastío, de déjà vu: “esto ya lo conozco, ya lo he visto”, porque es una función que se sabe de memoria. La sensación de estar participando en una especie de gira teatral donde cambian los pueblos, pero no el tinglado de la farsa, reaparece en Miguel de Unamuno, cuando en Niebla el protagonista de la novela se presenta en su despacho de Salamanca, el despacho de Unamuno, y le sugiere que acabe con él de un plumazo, porque ya no quiere seguir viviendo. Unamuno le contesta algo así como: “Eres un personaje mío y morirás cuando yo te diga”. Unamuno se compara con Dios. El autor, por tanto, sería un Dios literario; y Dios, el Autor por antonomasia. “Nosotros moriremos”, dice Unamuno, “cuando Dios decida y tú morirás cuando yo decida”. Esa idea de la falsedad metafísica tiene que ver mucho con las doctrinas de salvación religiosas. Todo el pensamiento religioso hindú, por ejemplo, parte de la idea de que el hombre no puede ver la naturaleza profunda de las cosas porque se lo oculta el velo de Maya, un velo apariencial creado por la diosa Mara o algún otro dios hechicero. La idea de la simulación del mundo aparece y reaparece a lo largo de toda la historia de la civilización, incluso la nuestra, con la llamada “realidad virtual”.
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