Sobre la conciencia, por Miguel Catalán

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¿Cómo se llega desde la conciencia individual a establecer el derecho y la conveniencia del secreto?

Debemos desalojar la idea de que la conciencia emerge en un momento dado de la historia. Debemos desalojar la idea de que en los pueblos prehistóricos sólo había comunidad. La dialéctica que se da entre los deseos más o menos asociales del individuo que este quiere satisfacer y las instancias morales que la sociedad establece para controlar a los individuos, esa dialéctica, existió siempre. La antropología filosófica contemporánea todavía no ha sacado las conclusiones debidas de la revolución darwiniana, pero ciertos simios ya deben decidir qué van a hacer respecto a un bien que tienen entre manos, si compartirlo con los demás o guardarlo para sí. Por tanto, la tensión entre individuo y grupo es previa a la aparición de la conciencia humana. La red de tensiones tendida entre la tentación de satisfacer los deseos individuales y la prudente sumisión a las normas está en el origen mismo de la humanidad, y nada tiene que ver con la aparición de una supuesta conciencia específicamente humana que habría acaecido después. Expresado desde otro ángulo: los grandes mitos de Occidente, los dos grandes mitos del nacimiento de la humanidad, que son el mito judaico de la Caída y el mito helénico de Prometeo, dan por sentado que para que el hombre nazca realmente, para que acceda a ese segundo nacimiento desde la animalidad, es preciso que se oculte y engañe. Prometeo engaña a Zeus y esa es la causa de que Zeus después lo castigue; Adán y Eva tienen que esconderse, tienen que hacerse opacos a Dios y ése sería el motivo mítico de la expulsión del paraíso. Ahora bien, en la realidad nunca hubo Paraíso ni tampoco Edad de Oro, sino que ya en el origen reinaba el conflicto entre deseos y normas.

En otra parte de la entrevista:

Estamos volviendo al tema de la conciencia o la autoconciencia.

Sí, claro, conciencia y engaño son dos términos de una riqueza semántica tremenda. Un poeta amigo, Jaime Siles, me contaba que su padre, con ochenta y tantos años, había visto por la calle a un compañero suyo de promoción. Ambos tenían, por tanto, la misma edad. Al volver a casa, el padre se dejó caer en el sofá y dijo a la familia: “He visto a fulano, no os podéis imaginar lo mayor que está. Fijaos si está viejo que ni siquiera me ha reconocido”. El hombre no podía concebir que si el otro no le reconocía es porque él había cambiado mucho, no porque el otro hubiera perdido vista. Siempre interpretamos aquello que nos acontece desde un punto de vista aceptable para el yo. El autoengaño es la forma más frecuente de engaño. Pensemos en la voz, algo que parece admitir pocas posibilidades de interpretación. Y, sin embargo, resulta frecuente que no reconozcamos nuestra propia voz. Por ejemplo, al oírla en un casete. Es muy frecuente que la persona que se oye hablar a sí misma pregunte a los presentes si esa es su voz, porque no la reconoce: les suena demasiado chillona, o desagradable. En sus diarios de guerra, el escritor alemán Ernst Jünger contaba que acababa de oír por primera vez su propia voz reproducida en un disco de cera, y contaba hasta qué punto le había amargado el día porque era la voz de aquellos hannoverianos de mediana edad de los cuales había pensado siempre que eran unos pazguatos y unos engreídos. Siempre había aborrecido ese tipo de entonación, y ahora se daba cuenta de que era exactamente la suya. Termina su comentario diciendo algo así como: “¡Qué poco nos conocemos a nosotros mismos!”.
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